¿Guerra de Dios o de intereses?

Por Andrea Marconi

La aprobación de la ley de matrimonio igualitario representó la lucha entre dos sectores de la sociedad: el progresista, que entiende que vivimos en un mundo de constantes cambios, y el conservador, que se apega a la idea de la preservación de las tradiciones y que es liderado, lógicamente por la Iglesia Católica.
Los dichos del Cardenal Jorge Bergoglio, en sintonía con el casi unánime discurso eclesiástico, preocupan y mucho. En primer lugar, porque salen de “hombres de Dios”, y en segundo porque quedó evidenciado que la Iglesia no permite que haya gente que piense distinto dentro de su seno.
Como una persona que siempre asistió a colegio católico y que luego optó por el ateísmo, veo en la biblia, ese libro cargado de historias, un mensaje de amor que prima por sobre todas las cosas. ¿Será que el señor Bergoglio no lo leyó atentamente? Porque realmente ese antiguo manuscrito establece la primacía del perdón, del amor de un ser superior de igual forma para todos y la necesidad de la búsqueda de la felicidad.
¿No será muy exagerado meter a Dios y al diablo como hizo el Cardenal? ¿O será la única forma de persuadir a la cada vez menor cantidad de fieles? No es ningún secreto que los adeptos de la Iglesia Católica van mermando día a día, lo que cabe preguntarse es el por qué. Los casos de abuso que involucran a miembros de la cúpula eclesiástica, su pasado dictador, su posicionamiento político y la incapacidad de cumplir con el rol espiritual que le fue asignado son algunas de las razones por las cuales, como dijo Bergoglio, “la sociedad es cada vez más pagana”.
La posición del catolicismo frente al matrimonio igualitario pareció más una postura propia de la inquisición: sólo faltó la hoguera.
La unión entre personas del mismo sexo significó un paso muy importante, al igualar derechos civiles que antes sólo representaban un beneficio para las parejas heterosexuales. Medidas como estas son las que nos hacen crecer como sociedad y aceptar que la felicidad de una persona está más allá del sexo que profesa.
Estaría bueno que la Iglesia lo entienda de esa forma, en lugar de continuar fiel a su historia de límite a la libertad de expresión, corrupción y no escucha. Llamar a la “guerra de Dios” es enfrentar a la sociedad y retroceder siglos atrás, a la época de las cruzadas, cuando se peleaba en nombre de un ser superior.
Es hora de que la institución eclesiástica se amolde a los tiempos que estamos viviendo y que deje de satanizar todo aquello que representa un cambio o que va en contra de sus intereses.

No hay comentarios:

Publicar un comentario