El cuento de nunca acabar

Cuando éramos chicos y estudiábamos Educación Cívica, nos enseñaron que por el simple hecho de ser ciudadanos argentinos gozamos de una serie de derechos y obligaciones que deben ser respetados. De hecho, el artículo 14 de la Constitución Nacional dice, entre otras cosas, que los ciudadanos tenemos el derecho de “trabajar y ejercer toda industria lícita” y el artículo 14 bis, se extiende en cuanto a los derechos del trabajador y agrega algunas cuestiones como: condiciones dignas y equitativas de labor, salario mínimo vital móvil, protección contra el despido arbitrario, estabilidad del empleado público, organización sindical, posibilidad de recurrir a la conciliación y al arbitraje y el derecho de huelga.

Lamentablemente en la actualidad, el ciudadano debe cumplir con todas sus obligaciones pero a la hora de hacer cumplir sus derechos, aparecen las excusas. Y si no, contemplemos el caso de los trabajadores de la fábrica Mahle que a cuatro meses del conflicto continúan sin novedades.

Desde que el pasado 24 de abril los dueños de la firma alemana decidieron cerrar las puertas de la planta rosarina aduciendo la crisis económica internacional, los trabajadores -en ejercicio de sus derechos- iniciaron una lucha con el objetivo de preservar su fuente de trabajo. Y luego de numerosas reuniones con el Ministro de Trabajo, Carlos Tomada, surgieron algunas soluciones posibles, pero ninguna de ellas se concretó. La promocionada estatización a cargo de Guillermo Moreno, quedó en la historia y el misterioso comprador que se había prometido, nunca apareció. Además, en varias oportunidades, la firma prometió

pagar los sueldos atrasados y hasta el momento no cumplió.

La mayoría de los empleados de Mahle trabajaron allí toda su vida. Estudiaron en escuelas técnicas, se recibieron, se perfeccionaron y hoy con un promedio de 50 años cada uno, en vez de esperar una feliz jubilación por la cantidad de años aportados, se encuentran desocupados. Psaron de pagar sus impuestos y cumplir con sus obligaciones como ciudadanos a suplicar por una solución que, al menos, les garantice seguir manteniendo una vida digna.

Según la Real Academia Española, empatía es la capacidad cognitiva de percibir en un contexto común lo que un individuo diferente puede sentir. En el lenguaje cotidiano decimos “es ponerse en el lugar del otro”, y aunque no parezca, esa simple frase hecha implica mucho más de lo que suponemos. Hasta el momento los únicos que pudieron ponerse en la piel de los trabajadores perjudicados, no fueron otros que más trabajadores. Aquellos que comparten una realidad común y que, concientes de la incertidumbre actual, saben perfectamente que mañana podrían ocupar el mismo lugar.

Ahora bien, más allá de las negociaciones que lleva adelante, ¿que está esperando el gobierno para dar una solución a este conflicto? Porque mientras se entretienen de reunión en reunión y dan falsas promesas, hay 500 familias que hace más de cuatro meses no reciben el ingreso necesario para poder vivir. Si eso no es justificativo suficiente para encontrar una salida inmediata, evidentemente las partes involucradas en esta historia no comparten la misma sintonía.

Por otra parte, al caso de Mahle se suman otros como el de Cotar y si en ningún caso se logra una conciliación armoniosa que favorezca a todos, de nada sirven los derechos contemplados en la Constitución Nacional que, por cierto, son la única herramienta con la que cuenta el ciudadano para vivir mejor en los tiempos que corren. Una de dos, o el sistema comienza a funcionar como “debería” o habrá que cambiar el discurso educativo durante los primeros años de escuela para que después la vida no nos sorprenda demasiado.


Marisa Zec

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